Por qué Marx tenía razón

Dedicado a François Houtart y Samir Amin

 

 

Karl Marx nació hace doscientos años. Pocos pensadores han influido tanto en la historia como él. Su crítica aguda y radical del capitalismo sigue siendo actual hoy en día: crisis económicas, explotación, las características del Estado, la lucha de clases, el papel de la clase obrera, el pensamiento ecologista… (1).

 

1. Crisis económica

 

La crisis financiera de 2008 tuvo unos efectos devastadores. Socavó las finanzas públicas y costó un 20 % del PIB a los países de la zona euro (2). Para salvar a los bancos las autoridades nacionales del mundo entero liberaron casi 9 billones de dólares, esto es, el equivalente a 65 años de ayuda al desarrollo (3).

Esta gran recesión provocó el desmoronamiento de todo el sistema financiero. El colmo es que los economistas burgueses ni siquiera lo vieron venir. Pero no es sorprendente ya que la economía burguesa simplemente no tiene una teoría de la crisis. Para explicar una crisis económica se recurre a explicaciones superficiales y psicológicas como “comportamientos irresponsables” o “mala evaluación” de los actores económicos, “comportamiento irracional” de los inversores o “mala comunicación” por parte de los políticos. En el mejor de los casos se habla de “reglas del juego imperfectas”. No hay un análisis profundo, estructural.

Para Marx, por el contrario, el estudio de las crisis es un elemento esencial de su teoría. Para él la crisis no es un fenómeno debido al azar o a la codicia. Al contrario, la crisis forma parte del ADN del capitalismo. Es parte integrante de su propia lógica. “El verdadero límite de la producción capitalista es el propio capital” (4). Marx constató que el motor del capitalismo se averiaba regularmente y entonces se destruye una parte del aparato de producción. Durante las crisis “una buena parte de los productos fabricados e incluso de las fuerzas productivas ya creadas se destruye regularmente” (5).

Marx fue el primer economista que explicó por qué el capitalismo se enfrentaba a crisis regularmente. Su explicación es la siguiente en pocas palabras: las personas asalariadas producen más de lo que pueden comprar con su salario o, dicho de otro modo, ganan menos que el valor que ellos producen con su trabajo (véase el segundo punto). Como la producción es mayor que lo que se puede consumir una parte de la producción no se puede vender. “La razón última de todas las crisis reales es siempre la pobreza y la limitación del consumo de las masas frente a la tendencia de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si solo tuvieran como límite la capacidad absoluta de consumo de la sociedad”(6).

De este modo se crea regularmente un cortocircuito entre la producción y el consumo. Durante la crisis se suprime este cortocircuito. Es una cura periódica de saneamiento, una purga que necesita el capital para sobrevivir. La crisis es “una destrucción violenta del capital, no debido a relaciones externas sino como condición de supervivencia” (7). La purga es brutal. En cada ocasión quien paga la crisis es la población de personas trabajadoras. “El capital no tiene en cuenta la salud y la duración de la vida del obrero, salvo cuando la sociedad lo obliga a tomarlas en consideración” (8). La crisis de 2008 precipitó a la pobreza extrema a 64 millones de personas en todo el mundo. Según Oxfam, se necesitarán entre 10 y 25 años para que la pobreza vuelva al nivel anterior a la crisis (9).

Durante una crisis se habla de superproducción, pero se hace desde el punto de vista del capital. En realidad se trata de un subconsumo porque para una gran parte de la población no se satisfacen muchas de las necesidades vitales a pesar de todo lo que se produce. “No se producen demasiados medios de subsistencia en proporción a la población existente; por el contrario, se producen demasiado pocos como para satisfacer decente y humanamente al grueso de la población” (10). Pensemos en las largas listas de espera para obtener una vivienda social, una plaza en la guardería, cuidados para personas discapacitadas y mayores. Y ni siquiera hablamos todavía de los enormes retos que plantea la producción de energía verde.

¿Qué recetas hay para hacer frente a una crisis económica? ¿Cómo supera la élite económica las recesiones periódicas? “Por una parte, mediante la destrucción forzosa de una una parte considerable de las fuerzas productivas; por otra, mediante la conquista de nuevos mercados y una explotación más intensiva de los antiguos” (11). De nuevo, la última crisis lo ilustra perfectamente. Después de 2008 las multinacionales de todo el mundo perdieron 2 billones de dólares de capacidad de producción y se destruyó un total de al menos 20 millones de empleos (12). Después de 2008 y en todos los países capitalistas los salarios se redujeron seriamente. “Las crisis también ofrecen unas posibilidades interesantes. Podemos obtener cosas que serían imposibles sin ellas”, afirmaba Wolfgang Schäube, ministro de Finanzas alemán en el apogeo de la crisis en Europa (13).

Otro intento de salir de las crisis recurrentes es el “dopaje financiero” del sistema. Cuando las expectativas de beneficio en la esfera de la producción son bajas el capitalista recurre al sector financiero. “La especulación se produce regularmente en períodos en los que la superproducción ya está en pleno apogeo. Proporciona a la superproducción salidas temporales al mercado” (14). Tras la crisis de 19 73 somos testigos de una verdadera explosión financiera. En 1980 los activos financieros representan el 120 % del PIB en el mundo entero. En 2014 es el 370 %, es decir, tres veces más (15). El mercado de derivados representa hoy más de 630 billones de dólares (16), que equivalen a casi 90.000 dólares por cada persona en el mundo. Poco antes de la crisis de 2008 más del 40 % de los beneficios de las grandes empresas provenía de la especulación (17).

En el seno de la élite económica se esconde una capa superior financiera que parasita al resto de la economía. “Produce una nueva aristocracia financiera, una nueva clase de parásitos en forma de proyectistas, fundadores de sociedades y directores puramente nominales: todo un sistema de especulación y de fraude con respecto a las fundaciones de sociedades y a la emisión y al tráfico de acciones” (18).

Los intentos de salir de la crisis permiten un alivio temporal pero no resuelven fundamentalmente el problema, al contrario, las contradicciones dentro del capitalismo “se superan permanentemente pero también se resucitan constantemente” (19). “La producción capitalista tiende constantemente a superar estos límites que le son inmanentes, pero sólo lo consigue en virtud de medios que vuelven a alzar ante ella esos mismos límites, en escala aún más formidable” (20).  Las crisis se aprovechan para bajar los salarios con el fin de que los beneficios puedan aumentar más. Pero esto es precisamente una receta para un futuro cortocircuito entre producción y consumo.

El dopaje financiero no hace más que empeorar las cosas. “Proporciona a la superproducción salidas temporales al mercado, mientras que por esta misma razón precipita el estallido de la crisis y aumenta su fuerza” (21). El tamaño y poder de los grupos financieros, y el impacto que tienen sobre la esfera de producción han llegado a ser capaces actualmente de desestabilizar la economía mundial. Eso es lo que ocurrió en 1929 con el crash de Wall Street y en 2008 con la crisis financiera. Desde la financiarización de la economía en 1973 se ha perdido el vínculo con la economía real. Ha aparecido una gigantesca burbuja financiera que puede estallar tarde o temprano y que, además, estalla regularmente. Desde la década de 1980 cada dos o tres años hay una crisis bursátil, una crisis banquera, un crash financiero o una crisis de endeudamiento. Estas crisis financieras no existen por sí mismas, son consecuencia de la superproducción. “La crisis se desata en el ámbito de la especulación y sólo más tarde lo hace en la producción. Lo que al observador superficial le parece ser la causa de la crisis no es la superproducción, si no el exceso de especulación, pero esto en sí es sólo un síntoma de la superproducción” (22).

¿A qué lleva todo esto? A la preparación de “crisis cada vez más multilaterales y violentas” (23). En efecto, las crisis de estas últimas décadas se han vuelto cada vez más profundas y no van seguidas necesariamente de una recuperación o de periodos de buena coyuntura económica. Si aun así hay un periodo de buena coyuntura, a menudo es corto y, sobre todo, está causado por el “dopaje financiero”: deudas o especulación. Ahora las crisis ya no son acontecimientos aislados que se repiten con algunos años de intervalo, tienen un carácter casi permanente.

 

2. La explotación del trabajo

 

Fortunas fabulosas por una parte, miseria sorda por otra. ¿De dónde vienen estos fenómenos? ¿Tienen relación? Durante gran parte de su vida Marx buscó la respuesta a ambas preguntas. Buscaba el “fundamento oculto de la construcción socioeconómica” (24) responsable tanto de gigantescas riquezas como del abismo entre personas ricas y pobres. “Sólo con el conocimiento de las leyes económicas se puede entender la estrecha relación entre el hambre de la parte más activa de la fuerza de trabajo y el consumo grosero o sofisticado y excesivo de los ricos basado en la acumulación capitalista (25).

Tras largos estudios desarrolló la teoría de la plusvalía y de la explotación: “La motivación y el objetivo dominante del proceso de producción capitalista es, sobre todo, la mayor autoexpansión posible del capital, lo que significa la mayor producción posible de valor añadido, es decir, la mayor explotación posible de la fuerza de trabajo por parte del capitalista” (26).

La clave es que cada persona trabajadora produce más valor que el salario que recibe a cambio. También es la condición para que el capitalista esté dispuesto a contratar. Supongamos, por ejemplo, que un trabajador produce un valor de 25 euros (de bienes o de servicios). Su salario será de 15 euros (27). La diferencia, 10 euros, es lo que Marx llama plusvalía. Este dinero va a los bolsillos del propietario de la empresa (el patrón o los accionistas). Marx denomina “explotación” al hecho de que el capitalista se atribuya esta plusvalía.

Nuestro ejemplo es ficticio, pero cercano a la realidad. En las quinientas empresas más grandes del mundo la plusvalía media por trabajador es de aproximadamente 11 euros la hora (28).

La creación de plusvalía explica por qué hay una riqueza gigantesca en el seno del capitalismo. Supongamos que en la empresa de nuestro ejemplo trabajan cien personas. El patrón se embolsa entonces mil euros por hora o setenta veces más que su trabajador. Por consiguiente, la propiedad de los medios de producción lleva a una concentración desmesurada de riqueza en manos de unas pocas personas. En nuestro ejemplo un trabajador con un salario de 2.500 euros tendría que trabajar 160.000 años para tener la fortuna de Albert Frère (29). Actualmente en el mundo ocho personas poseen tanto como 3.600 millones de de personas. En pocas palabras, “los que […] trabajan [en la sociedad burguesa] no ganan y los que en ella ganan no trabajan” (30).

No en vano la obra principal de Marx, El Capital, empieza con la siguiente frase: “La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un enorme cúmulo de mercancías» (31).  Hoy en día no es diferente. Nuestro país [Bélgica] nunca ha producido tanta riqueza como hoy. El ingreso medio disponible de un hogar belga con dos hijos es de 8.650 euros netos al mes (32).

Con semejante riqueza es evidente que todos podríamos vivir sin preocupaciones, en la opulencia. Y aun así existe mucha miseria. Un 20 % de nuestros hogares corre peligro de caer en la pobreza, una cuarta parte de las familias tiene problemas para pagar todos sus gastos médicos, un 40 % no puede ahorrar nada y un 70 % de las personas en paro tiene problemas para llegar a fin de mes (33).

“ No hay dinero, lo único que podemos hacer es ahorrar”, vocea a coro la derecha. ¿Cómo que no hay dinero? Solo en los tres últimos años las empresas belgas han desviado 300.000 millones de euros a los paraísos fiscales (34). Es una acumulación colosal de dinero con la que las empresas simplemente no saben qué hacer. Con mil millones de euros es posible dar empleo a 30.000 personas durante un año (35). Para Marx el problema no es que haya demasiada riqueza sino que está escandalosamente mal repartida y que ello es parte integrante del capitalismo. “El capital es la potencia económica, que lo domina todo, de la sociedad burguesa. Debe constituir el punto de partida y de llegada” (36).

Desde el origen del capitalismo la lucha por la plusvalía constituye el centro de la lucha social. Dado que la plusvalía es la única fuente de beneficios también es, por consiguiente, el objetivo último de todo capitalista. Sin embargo, cuanto más altos son los salarios más bajos son los beneficios y viceversa. El capitalista hace lo imposible para lograr que las personas asalariadas trabajen más tiempo, más duramente y más barato. Las personas asalariadas, por su parte, se esfuerzan por obtener una jornada laboral más corta, un salario más alto y más justo, y un ritmo de trabajo más humano. Los intereses son incompatibles: lo que para una persona es ganancia para otra es pérdida: Marx describe el capital de la siguiente manera: “El capital es trabajo muerto que sólo se reanima, a la manera de un vampiro, al chupar trabajo vivo, y que vive tanto más cuanto más trabajo vivo chupa» (37).

Para sobrevivir una persona trabajadora debe ofrecer necesariamente su fuerza de trabajo en el mercado de empleo, ahí donde impera la ley de la oferta y la demanda. “Estos obreros, que se ven obligados a venderse por piezas, constituyen una mercancía como otro artículo de comercio y, en consecuencia, se ven expuestos de igual modo a todas las vicisitudes de la competencia sujeta, por tanto, a todos los cambios y modalidades de la concurrencia, a todas las oscilaciones del mercado (38).

Cuantas más personas trabajadoras se presenten para un mismo trabajo más competencia hay entre ellas y más inclinadas estarán a aceptar el trabajo por un salario menor y en peores condiciones. Por ello la élite económica siempre hace para que haya demasiadas personas trabajadoras o, en términos de Marx, un ejército industrial de reserva: “A la producción capitalista no le basta, de ninguna manera, la cantidad de fuerza de trabajo disponible que le suministra el incremento natural de la población. Para poder desenvolverse libremente requiere un ejército industrial de reserva que no dependa de esa barrera natural” (39).

Para mantener este ejército de reserva tras la Segunda Guerra Mundial se atrajo a Europa a trabajadores emigrantes y se incitó a las mujeres a trabajar. Hoy este ejército de reserva en los países ricos constituye el 26 % de la población activa (véase gráfico 1). En el mundo es incluso un 58 % (40). Desde hace décadas se preserva el nivel de este ejército de reserva haciendo trabajar a la gente más tiempo (se eleva la edad de jubilación y se suprimen las prejubilaciones), obligando a las personas paradas a aceptar un trabajo, acosando a la enfermas de larga duración para que vuelvan al trabajo lo antes posible y poniendo a trabajar a más estudiantes. “Lo que en un polo es acumulación de riqueza es, en el polo contrario […] es acumulación de miseria, de tormentos de trabajo” (41).

 

Gráfico 1

 

Cuando se trata de beneficios el capital no tiene en cuenta en absoluto la salud o bienestar de la persona trabajadora. Marx lo formula así: en su “hambre insaciable de plusvalía” el capital comete “unas extravagancias desmesuradas” (42).

La relación entre salarios y beneficios, o el grado de explotación, se define por medio de las relaciones de fuerza entre el trabajo y el capital. Cuanto más se organiza y defiende la población de personas trabajadoras mejores son las condiciones salariales y las condiciones de trabajo (véase punto 5). La huelga es una herramienta importante en esta relación de fuerzas. En el momento de la huelga se seca la fuente de la plusvalía y, por lo tanto, el enriquecimiento del capitalista, con lo que el capitalismo queda tocado en el corazón. De ahí, según Marx, “la ira furiosa” de la élite económica “contra la huelga” (43).

 

3. Lucha de clases

 

Micheline es una obrera de una gran empresa textil. Su jefe es el señor Richard*. Hay 600 personas asalariadas a su servicio. A primera vista Micheline y el señor Richard son ciudadanos iguales que tienen los mismos derechos. Ambos tiene derecho de ir a donde quieran, de hacer lo que deseen. Cuando entran en una misma tienda pagan el mismo precio. En la elecciones cada uno tiene un voto y en principio son iguales ante la ley.

Pero en cuanto se traspasa la puerta de la empresa todo cambia como por encanto. Micheline ya no tiene nada que decir y ya no se trata de los mismos derechos. Para poder disponer de unos ingresos se ve obligada a vender su fuerza de trabajo. El hecho de tener derecho a trabajar, cuántas horas a la semana, la organización de su trabajo, todo está totalmente determinado por su jefe. El señor Richard, por su parte, decide él mismo tanto acerca de sus propias inversiones y sus beneficios, como acerca de todo lo que concierne a Micheline. Si le da la gana invertirá el dinero en otra empresa que echará a Micheline a la calle.

“¿Qué es la riqueza sino […] el absoluto despliegue de las potencialidades creativas [del ser humano]”, escribe Marx (44). Micheline es una mujer sociable, creativa y emprendedora. Pero dentro de la empresa no puede desplegar su talento, al contrario, tiene que reprimirlo para poder seguir trabajando ahí. Lo único que se espera de ella es que actúe para realizar las expectativas de beneficios de su jefe. Es reducida a un factor de producción, no se tienen en cuenta en absoluto su dignidad humana o sus necesidades. “El trabajo como mero servicio para la satisfacción de necesidades inmediatas no tiene nada que ver con el capital, ya que no es asunto del capital“ (45).

Micheline trabaja a un ritmo desenfrenado, se cronometran sus pausas para ir al servicio. Aun así gana veinte veces menos que su jefe, que organiza totalmente solo su ritmo de trabajo y sus vacaciones. Ella vivirá con buena salud 18 años menos que la señora Richard (46). “La producción no produce al hombre simplemente como mercancía […] lo produce […] como un ser espiritual y físicamente deshumanizado” (47).

Micheline y el señor Richard personifican la muy desigual situación socioeconómica de la sociedad capitalista. Veamos la situación en Bélgica. En la base de la pirámide hay una tercera parte de la población que no puede ahorrar y que tiene muy pocas posesiones. En la parte alta hay un 5 % de superricos. Poseen tanto como el 75% de las personas más pobres. Unos cientos de familias controlan la mayor parte de la economía belga (48).  Marx tuvo el mérito de analizar con precisión esta contradicción flagrante, pero también de situarla en una perspectiva histórica y de ver cómo se podía superar. En la maraña de contradicciones y conflictos sin fin descubrió un patrón fundamental que aparece regularmente con diferentes aspectos. Según él, la contradicción entre trabajadores y patronos en el capitalismo no es un fenómeno nuevo, ya había surgido una contradicción similar bajo diferentes formas varias veces a lo largo de la historia. “La historia de todas las sociedades que han existido hasta ahora es la historia de las luchas de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales de gremio, en definitiva, opresores y oprimidos han estado permanentemente enfrentados, han librado una lucha incesante entre sí, en ocasiones velada y otras veces abierta; una lucha que ha concluido sistemáticamente con una transformación revolucionaria de toda la sociedad o con el hundimiento generalizado de las clases combatientes. […] La sociedad burguesa moderna, surgida del hundimiento de la sociedad feudal, no ha eliminado estos enfrentamientos entre clases. Sencillamente, ha establecido nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas formas de lucha en lugar de las anteriores. Sin embargo, nuestra época, la época de la burguesía, se distingue por haber simplificado los enfrentamientos entre clases. La sociedad en su conjunto se encuentra cada vez más dividida en dos grandes frentes enemigos, en dos grandes clases directamente antagónicas: la burguesía y el proletariado” (49).

Esta lucha de clases es esencialmente una lucha en torno al excedente económico. Durante cientos de miles de años la humanidad ha vivido en modo de supervivencia. No había excedentes y todo se compartía equitativamente. Era el periodo de los cazadores recolectores y de los inicios de la agricultura. A partir de 3.000 años antes de Cristo esta situación cambia. Las técnicas de agricultura mejoran y se produce más de lo necesario para sobrevivir. La producción excedente permite la creación de categorías de población que no producen: dirigentes, sacerdotes, clérigos, jueces, soldados… En estas filas se forma una capa que atrae el poder, que tiene en sus manos los medios de producción más importantes y que se va a apropiar de la producción excedente.

Así nace la escisión de la sociedad en una pequeña clase superior que se enriquece en detrimento de las clases inferiores. Este esquema es recurrente en la historia. En la Antigüedad los amos se enriquecen gracias a los esclavos. En la Edad Media la nobleza lo hace gracias a los siervos. En el capitalismo son los capitalistas quienes se enriquecen en detrimento de la clase obrera.

Evidentemente, este enriquecimiento o explotación no se basa en el consentimiento espontáneo de las clases inferiores, debe ser forzado, supone una lucha y de ahí la formulación de Marx que habla de “lucha” de clases.

Debido a que esta lucha concierne esencialmente a la producción excedente el trabajo se organiza de tal manera que la clase dominante pueda seleccionar el excedente económico. “La forma económica específica en la que se le extrae el trabajo adicional no remunerado al productor directo determina la relación de dominación y servidumbre […] en esto se funda toda la configuración de la entidad comunitaria económica […] y, al mismo tiempo, su figura política específica. En todos los casos es [en] la relación directa entre los propietarios de las condiciones de producción y los productores directos […] donde encontraremos el secreto más íntimo, el fundamento oculto de toda la estructura social, y por consiguiente también […] de la forma específica del Estado” (50).

La posesión de los medios de producción es esencial en la apropiación de la producción excedente y por eso Marx no lo desea. “Vemos cómo solo ahora puede perfeccionar la propiedad privada su dominio sobre el hombre y convertirse, en su forma más general, en un poder histórico—universal (51). Para Marx las clases tienen que ver con la esfera de producción. Se trata de grupos de personas una de las cuales puede apropiarse del trabajo de otra debido al hecho de que posee unos medios de producción.

Para Marx y Engels la lucha de clases no es un detalle de la historia es “la fuerza directamente propulsora de la historia” (52). Es la dinámica fundamental que hace avanzar la historia. Para Marx es un desarrollo “diálectico”, es decir, una dinámica basada en contradicciones internas. “Siendo la base de la civilización la explotación de una clase por otra, su desarrollo se opera en constante contradicción. Cada progreso de la producción es al mismo tiempo un retroceso en la situación de la clase oprimida, es decir, de la inmensa mayoría” (53). Esta ley “tiene el mismo significado para la historia que la ley de la conservación de la energía para las ciencias naturales” (54).

En la visión de la sociedad de Marx y Engels los intereses contradictorios tienen un lugar fundamental, lo cual matiza su opinión sobre la política. “El poder político es simplemente el poder organizado de una clase para oprimir a otra” (55). Para Marx el conflicto es fundamental. La política no se hace para buscar soluciones a los problemas, sino para ocuparse de situaciones de dominación y de opresión. Solo abordando las causas se puede acabar con eso. Para Marx la política es en primer lugar una confrontación entre grupos de interés que él denomina clases. “La sociedad no consiste en individuos, sino que expresa la suma de las relaciones, relaciones en las que estos individuos se encuentran entre sí. Como si alguien tratara de decir: desde el punto de vista de la sociedad, los esclavos y los hombres libres no existen, son todos seres humanos (56).  Micheline y el señor Richard serían ambos seres humanos, ni más ni menos …

Solo se puede producir un verdadero cambio de sociedad si se abordan las contradicciones fundamentales y eso se sitúa en el nivel de la economía. “Según esto, las causas últimas de todas las modificaciones sociales y las subversiones políticas no deben buscarse en las cabezas de los hombres, en su creciente comprensión de la verdad y la justicia eternas, sino en las transformaciones de los modos de producción y de intercambio; no hay que buscarlas en la filosofía, sino en la economía de las épocas de que se trate” (57).

No es que a Marx y Engels no les interesara la lucha de las ideas, le dedicaron casi toda su vida. Pero es iluso pensar que es posible modificar los fundamentos de una sociedad solo por medio de la persuasión, haciendo cambiar a la gente de opinión. El poder de la argumentación por sí mismo no lo logrará ya que las ideas no existen por sí mismas. “La producción de las ideas […] aparece al principio directamente entrelazada con la actividad material y el trato material de los hombres (58). Y esta actividad material no es neutra sino que está caracterizada por las relaciones de fuerza que determinan a su vez las ideas . “Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época” (59) .   Si se quiere vencer a las ideas dominantes hay que destronar a la clase dominante y para ello hay que modificar las relaciones de fuerza, para lo cual la clase obrera es esencial.

 

4. El papel de la clase obrera

 

Marx era un pensador estratégico. No quería saber nada de ideas románticas, alejadas de la realidad. En cambio, buscaba palancas y fuerzas en la realidad que pudieran llevar a un mundo mejor. “[Los obreros] No tienen que realizar ningunos ideales sino, simplemente, liberar los elementos de la nueva sociedad que la vieja sociedad burguesa agonizante lleva en su seno (60). Más precisamente, hay que poder usar “unas fracturas internas de la burguesía” (61).

La fuerza social en el interior del capitalismo capaz de hacerlo es la clase obrera. La esencia del capitalismo es, entre otras cosas, la acumulación de capital basado en la plusvalía y el trabajo asalariado. En última instancia eso hace al capitalista dependiente del trabajado. “La condición fundamental para la existencia y la dominación de la clase burguesa es la acumulación de la riqueza en manos de ciudadanos particulares y la creación y multiplicación del capital; y la condición para la existencia del capital es el trabajo asalariado” (62). Las personas obreras pueden paralizar la producción y herir al capitalismo en el corazón.

Debido a que cada vez se organiza más la producción en grandes unidades, el capitalismo une de hecho a la población trabajadora. “El capital es lo que los une” (63). “El avance de la industria, cuyo portador, carente de voluntad y de capacidad de resistencia, es la burguesía, provoca que el aislamiento de los trabajadores, generado por la competencia, sea sustituido por la revolucionaria unión generada por la asociación [sindicatos] […] Los trabajadores empiezan a crear coaliciones [sindicatos] contra los burgueses. Se unen para defender sus salarios. Fundan asociaciones estables con el fin de estar preparados para cualquier posible rebelión” (64).

El hecho de unirse aumenta también la conciencia política de las personas trabajadoras. “Con el desarrollo de la industria el proletariado no solo crece, sino que se reúne en masas más amplias y aumenta su poder, del que es cada vez más consciente” (65).

Es la astucia de la historia. Sin saberlo el capitalismo “está cavando su propia tumba” (66).

En la lucha por una sociedad más justa las personas trabajadoras tendrán que contar sobre todo con ellas mismas y no con la burguesía o la pequeña burguesía (67). La emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos. No podemos, por consiguiente, marchar con unos hombres que declaran abiertamente que los obreros son demasiado incultos para emanciparse ellos mismos, por lo que tienen que ser liberados desde arriba, por los filántropos de la gran burguesía y de la pequeña burguesía (68). Contrariamente a las demás clases, las personas trabajadoras “no tienen nada que perder más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar” (69). Serán las personas trabajadoras quienes “por su valor, resolución y espíritu de sacrificio, formarán la fuerza principal en la conquista de la victoria. Como hasta aquí ha ocurrido, en la lucha que viene la pequeña burguesía mantendrá una actitud de espera, de irresolución e inactividad tanto tiempo como le sea posible, en orden a que, tan pronto como la victoria esté asegurada, pueda arrogársela como propia y decir a los trabajadores que permanezcan tranquilos, vuelvan al trabajo y eviten los llamados excesos, apartando así a los obreros del fruto de su victoria (70).

Así, las personas obreras representan a la gran mayoría de la población. “Todos los movimientos pasados han sido movimientos impulsados por minorías o en interés de minorías. El movimiento proletario es el movimiento autónomo de la inmensa mayoría en interés de la inmensa mayoría. El proletariado, la capa más baja de la sociedad actual, no puede levantarse, no puede alzarse, sin hacer saltar por los aires toda la superestructura de capas que constituyen la sociedad oficial (71).

Para Marx y Engels no hay duda posible: “De todas las clases que se enfrentan hoy a la burguesía, el proletariado es la única verdaderamente revolucionaria” (72).

¿Siguen siendo válidas hoy en día las ideas de Marx y Engels?

Es indudable que la situación de la clase obrera, en comparación con la de la segunda mitad del siglo XIX ha cambiado profundamente. Ha disminuido fuertemente la cantidad de agricultores y obreros industriales mientras que el sector de servicios ha experimentado un gran aumento. Pero en lo fundamental la naturaleza del capitalismo no ha cambiado, bien al contrario, estas modificaciones no han hecho más que reforzar y consolidar las relaciones capitalistas.

El capital sigue estando en manos de muy pocas personas. Más aún, en comparación con el siglo XIX la concentración de capital ha aumentado terriblemente. Actualmente 147 superempresas controlan el 40 % de la economía mundial. 737 de estos “systems integrators” incluso controlan el 80 %. Las 110 empresas más grandes tienen un volumen de negocios mayor que el PIB de más de 120 Estados nacionales (73). Exactamente como había previsto Marx, la cantidad de personas asalariadas ha aumentado sistemáticamente: nunca ha habido tantas como hoy en día. Desde 1990 hay 1.200 millones de personas trabajadoras más en el mundo (74). El único objetivo de las discusiones de moda sobre “el fin de la clase obrera”, el postcapitalismo o el postmodernismo es minar la combatividad del movimiento obrero. Aun así, eso no resiste a la prueba de la realidad.

Lo único que puede perder esta mayor cantidad de personas trabajadoras en el mundo es sus cadenas. Más de 700 millones de personas trabajadoras trabajan por unos salarios ridículos, son los “

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