Los Acuerdos de Asociación Económica (APE): de Françafrique a Eurafrique

En el momento en que se “negocian” las independencias de las colonias francesas en África Central y África Occidental Francia establece un “sistema de cooperación”, es decir, “un conjunto organizado y articulado de elementos más o menos independientes”, destaca el jurista Guy Feuer, (1) . El “tratado de cooperación y de defensa” que Francia firma formalmente con sus colonias se construye según una arquitectura y un contenido únicos. Incluye el conjunto de los dominio s de cooperación (zona franco, cooperación comercial y aduanera, cooperación cultural, cooperación militar, etc.). Este sistema se impone en bloque a la antigua colonia, como destaca de manera paternalista el primer ministro Michel Debré el 15 de julio de 1960 al dirigirse al futuro presidente del Estado gabonés [Léon Mba]: “Se concede la independencia a condición de que, una vez independiente, el Estado se comprometa a respetar los acuerdos de cooperación firmados anteriormente: hay dos sistemas que entran en vigor al mismo tiempo: la independencia y los acuerdos de cooperación. Uno no va sin otro” (2).

 

En una entrevista referente a la Cumbre Franco-Africana del 10 de mayo de 1976 el presidente francés Giscard d’Estaing reconocerá explícitamente 15 años después la naturaleza neocolonial de estos acuerdos: “Hay que quitar al concepto de cooperación la noción de imperialismo en todas sus formas” (3) . Es cierto que este reconocimiento se hacía en un contexto de lucha de muchos países del tercer mundo por un “nuevo orden económico mundial”. Después de tratar en nuestro artículo anterior la parte dedicada a la zona franco de estos acuerdos de cooperación, analicemos el aspecto comercial, económico y aduanero.

 

La “cooperación” es la continuación de la colonización por otros medios (4)

 

“La historia de los acuerdos franco-africanos y malgaches va unida a las del grupo de Brazzaville, de la UAM y de la OCAM” (5), recuerda el jurista Guy Feuer. El grupo de Brazzaville lo constituyen en diciembre de 1960 once Estados francófonos “de tendencia moderada muy favorables a la cooperación con Francia” (6), destaca el historiador burkinés Yakouba Zerbo. Estos Estados constituirán en septiembre de 1961 la Unión Africana y Malgache (UAM), que en febrero de 1965 se transforma en Organización Común Africana y Malgache (OCAM). Estos reagrupamientos se dan como respuesta de los Estados africanos que denuncian el neocolonialismo y se unen en el seno del Grupo de Casablanca en enero de 1961 (7). Ambos grupos se enfrentan inmediatamente sobre la cuestión de la independencia de Argelia ya que los miembros del Grupo de Brazzaville apoyan en la ONU a su antiguo colonizador, mientras que el Grupo de Casablanca apoya a los nacionalistas argelinos. En este contexto marcado por la guerra de Argelia y la emergencia de una África progresista es en el que se elaboran los acuerdos de cooperación. El líder ghanés Kwame Nkrumah describe así este periodo de transición:

“ Cuando el imperialismo se encuentra ante pueblos militantes de los antiguos territorios coloniales de Asia, África, el Caribe y América Latina cambia de táctica. Se deshace sin dudarlo de sus banderas e incluso de algunos de sus representantes más odiados. Según proclama, esto quiere decir que « da » la independencia a sus antiguos súbditos y que esta independencia irá seguida de una « ayuda » concedida a su desarrollo. Sin embargo, bajo frases como estas utiliza innumerables métodos para realizar los objetivos que no hace mucho alcanzaba gracias al simple colonialismo. Llamamos neocolonialismo al conjunto de estos intentos de perpetuar el colonialismo bajo el pretexto de «libertad»” (8).

Así pues, la planificada cooperación no es sino continuar con la dependencia bajo nuevas galas. Además, los responsables políticos de la época no lo ocultan, empezando por el primer ministro antes citado y el general De Gaulle. Este último aborda varias veces los objetivos de la “cooperación” en una serie de apariciones en la televisión a principios de la década de 1960. En estas intervenciones, que se pueden ver en la página web del INA (rueda de prensa del 11 de abril de 1961 (9), rueda de prensa del 31 de enero de 1964 (10), discurso del 16 de abril de 1964 (11), etc.). repite la misma serie de argumentos: orgullo por la obra realizada en las colonias, necesidad de proseguir la obra civilizadora, cambio de época que hace necesaria la descolonización, cooperación como relevo para mantener unas zonas de influencia políticas y económicas frente a los rivales, etc. La cooperación gaullista es, en efecto, un proyecto de mantenimiento de la dependencia en una forma menos desacreditada y menos deslegitimada que la colonización directa.

Basta con echar una mirada a uno de estos acuerdos (copia literal de los demás) para entender los mecanismos de esta dependencia que se mantiene en los planos económico, comercial y aduanero. Estos son algunos ejemplos de ello:

  • El acceso a los minerales estratégicos: los acuerdos firmados entre la República Centroafricana, Congo, Chad y Francia prevé un anexo a las “materias primas y productos estratégicos” que se especifican así: los hidrocarburos líquidos o gaseosos, el uranio, el torio, el litio, el berilio, el helio. El anexo establece lo siguiente en su Artículo 4:

“ La República Centroafricana, la República del Congo y la República de Chad reservarán para satisfacer las necesidades de su consumo interno las materias primas y productos estratégicos obtenidos en sus territorios. Conceden a la República francesa una preferencia para la adquisición del excedente y se aprovisionan prioritariamente en ella de estas materias y productos. Facilitan su almacenamiento para las necesidades de la defensa común y cuando lo exigen los intereses de esta defensa toman las medidas necesarias para limitar o prohibir su exportación a otro país” (12).

En un lenguaje menos eufemístico estas líneas se traducen de la siguiente manera: las materias primas estratégicas de estos países se reservan para Francia.

  • El acceso a los mercados: los mismos acuerdos prevén que Francia tenga un acceso privilegiado a los mercados africanos, lo cual se redacta de la siguiente manera en el Artículo 12:

“ Las partes contratantes acuerdan mantener sus relaciones económicas en el marco de un régimen preferencial recíproco cuyas modalidades de aplicación se podrán precisar por medio de acuerdos especiales. El objetivo de este régimen preferencial es garantizar a cada parte unos mercados privilegiados, sobre todo en el dominio comercial y terciario, así como en el de las organizaciones de mercados”.

Este enunciado se puede traducir de la siguiente manera en un lenguaje más transparente: las exportaciones de productos agrícolas y mineros de los países africanos se reservan a Francia y se concede prioritariamente a las empresas francesas el acceso a los mercados africanos. Además, el Artículo 13 de este mismo acuerdo prevé exonerar a las partes contratantes de los derechos de aduana. “Desde el principio hubo fuertes críticas en la propia África pero también en Francia y otras partes”, recuerda el jurista internacional Guy Feuer al precisar así estas críticas: “Los medios contestatarios consideraban que estos acuerdos eran un mero instrumento de explotación” (13). Los ejemplos citados bastan para ilustrar que estas críticas no eran exageradas. Los acuerdos bilaterales de cooperación conciernen mucho menos a los Estados africanos que a los grandes grupos industriales franceses y a los cientos de sus filiales que trabajan en África”, resume el antropólogo congoleño Patrice Yengo (14).

 

El tiempo de las cumbres de la “familia franco-africana”

 

En el momento en que De Gaulle prepara activamente la transición del colonialismo al neocolonialismo tanto la economía francesa como las de los demás Estados industrializados de Europa están en plena transición hacia una concentración y una monopolización sin precedentes. El líder marroquí Mehdi Ben Barka (futuro organizador de la Conferencia de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina en enero de 1966) incluso considera que junto con la lucha de los pueblos es una de las causas de la descolonización preparada y del neocolonialismo:

“ Esta orientación [neocolonial] no es una simple elección en el dominio de la política exterior, es la expresión de un cambio profundo en las estructuras del capitalismo occidental. Desde el momento en que tras la Segunda Guerra Mundial Europa occidental, gracias a la ayuda del Plan Marshall y a una interpenetración cada vez mayor con la economía estadounidense, se aleja de las estructura s del siglo XIX para adaptarse al capitalismo estadounidense era normal que adoptara también las relaciones de Estados Unidos con el mundo; en una palabra, que también tuviera su «América Latina»” (15).

En otras palabras, el neocolonialismo marca el paso definitivo a la economía monopolística con su dominio por parte de los grandes grupos industriales y financieros, y sus multinacionales. La evolución de la “cooperación” seguirá a la de esta monopolización acompañada activamente por De Gaulle, Pompidou y después Giscard. El acompañamiento estatal se concretiza desde el V Plan gaullista (1966-70) cuyo objetivo específico es “la constitución o reforzamiento de una pequeña cantidad de empresas o de grupos de talla internacional capaces de hacer frente a los grupos extranjeros” (16).

Es un periodo de protesta contra los acuerdos franco-africanos que se expresa “de diferentes maneras y a veces violentas en Mauritania, Congo. Camerún, Níger, etc” (17). Se impone una renovación, que será la oportunidad para llevar a cabo un verdadero giro de la cooperación hacia el ultraliberalismo articulado con unas políticas de apoyo a la emergencia de grandes grupos industriales y financieros franceses. El VI Plan (1971-1975) tiene el siguiente objetivo, que resume así el presidente de la República Georges Pompidou: “Dar a la economía francesa su dimensión internacional llevando a cabo acuerdos internacionales y creando empresas de talla mundial” (18). Giscard seguirá en la misma dirección: “No obstante, la voluntad de promover la inversión de las empresas francesas en el extranjero se refuerza bajo Valéry Giscard d’Estaing” (19), resume el investigador en Ciencias Políticas Daniel Bach.

Son enormes las consecuencias sobre la “cooperación” con África en el plano de la llamada “ayuda al desarrollo”: oficialmente ya no se tratará de ayudar al desarrollo sino de ayudar a proyectos rentables; ya no se trata de una ayuda esencialmente pública, sino de “asociar al capital privado”; la relación ya no se concibe de manera bilateral sino que, al contrario, se incita a los países africanos a recurrir al Banco Mundial y al FMI; del apoyo a Estados sometidos se pasa a incitar la privatización del sector público; el “apoyo al desarrollo” se abandona a beneficio de “la economía productiva”, etc. En pocas palabras, se instala el “libre comercio” con todo lo que conlleva de privatizaciones, endeudamientos, desarrollo desigual dentro de cada uno de los países (entre un “sector rentable” y unas regiones “inútiles”), espolio de tierras a beneficio de grandes empresas agroexportadoras, etc. Giscard d’Estaing simboliza esta transición hacia una cooperación cuyo objetivo es una rentabilidad a corto plazo. El proyecto ya no es solo mantener una dependencia global sino maximizar el beneficio a corto plazo, como recuerda Daniel Bach:

“Durante los siete años de presidencia de V. Giscard d’Estaing el gran propósito en el que se pretendía inscribir la política de cooperación […] a menudo se margina a beneficio de preocupaciones económicas inmediatas. El proyecto que contenía el Informe Abelin (20) dejaba transparentar la visión de una cooperación bilateral íntimamente unida al desarrollo de las actividades de la industria francesa en el extranjero. A partir de 1978 se retomará con vigor esta concepción inscrita en uno de los informes del VII Plan […]. En febrero de 1979, cuando V. Giscard d’Estaing acude a Camerún, se destaca oficialmente que la cooperación debe ser «de interés recíproco» pero «también efectuarse preferentemente en los sectores en los que es deseable para Francia una activación económica». El gobierno francés va a confiar a un grupo de expertos la misión de investigar, «sin que se cuestionen las demás finalidades de la cooperación», cómo podrían contribuir más eficazmente los fondos públicos al éxito de la política de exportación” (21).

No solo no ha desaparecido la dependencia anterior, sino que se ha incrementado a lo largo de esta era de “libre comercio”. El peso acumulado de las multinacionales francesas y europeas ha aumentado la escisión entre un África “útil” hacia la que se dirige “la ayuda” y un África “inútil” que se hunde en la implosión y la desestructuración social. Dentro de cada país se ha acelerado la fragmentación entre unas zonas “útiles” que reciben las inversiones y las zonas “inútiles”, y ha reforzado las fuentes de conflicto vinculadas al descontento de las regiones abandonadas. La destrucción de la capacidad de intervención de los Estados africanos genera un caos que no entorpece los negocios siempre que las zonas “útiles” estén protegidas en caso de necesidad por el ejército francés. Hay que tener en mente este proceso de dependencia neocolonial y su profundización posterior en la década de 1970 para aclarar la cuestión de las migraciones contemporáneas. Lo mismo ocurre con los múltiples conflictos y guerras que sacuden al antiguo imperio colonial francés.

Este empeoramiento de la situación solo es posible con un acompañamiento político, papel que se le otorgará a las famosas cumbres franco-africanas (desde la primera de París en 1972 a la última de Bamako en 2017), que han sido unos espacios de imposición de las decisiones y orientaciones de París y Bruselas. Estos espacios también son lugares para gestionar insatisfacciones, los desacuerdos y las reivindicaciones inevitables debido a la regresión generalizada impuesta. La socióloga senegalesa Sow Fatou resume así cómo se representan estas cumbres los pueblos africanos: “De estas cumbres se recordará que durante mucho tiempo las poblaciones africanas y muchos analistas de la política africana consideraron los encuentros de Francia con sus antiguas colonias reuniones de sindicatos de jefes de Estado africanos bajo la égida de Francia” (22). Es indudable que no faltaron las protestas africanas, pero globalmente se imponen las decisiones estratégicas de París debido a la dependencia económica, política y militar por una parte y debido a las amenazas francesas por otra. Veamos algunos ejemplos: aprobación en la cumbre de Kigali de 1979 de la decisión francesa de deshacerse de Bokassa que tras trece años de apoyo ininterrumpido se había vuelto demasiado incómodo; reconocimiento en la cumbre de Kinshasa de 1982 de la legitimidad de Hissène Habré tras su golpe de Estado contra Goukouni Wede; aval dado por la cumbre de Biarritz en 1994 a la nueva estrategia militar francesa, es decir, a la creación del RECAMP (Renforcement des Capacités Africaines de Maintien de la Paix [Fortalecimiento de la Capacidad Africana para el Mantenimiento de la Paz]) etc.

El escritor camerunés Mongo Beti critica estas cumbres como herramientas del neocolonialismo con ocasión de la de Yaundé en 2011:

¿Qué beneficio sacan nuestras poblaciones de una cumbre franco-africana como esta? Absolutamente ninguno, todo lo contrario . […] Su único objetivo e s celebrar a Paul Biya, gran amigo de Jacques Chirac, necesitado más que nunca de reconocimiento . […] Desde hace más de 40 años Francia ha impuesto a las inocentes poblaciones africanas unos dictadores feroces que sirviendo sus intereses han sido el instrumento de una indignante explotación de los recursos humanos y materiales de nuestro continente” (23) .

Las cumbres no se contentan con ese papel. También constituyen un contrapeso de la OUA y una presión sobre ella, para lo cual han estado abiertas a otros países africanos que no fueran los del antiguo imperio colonial francés. En efecto, se pasa de siete jefes de Estado en la cumbre de París de 1973 a 53 en la cumbre de Bamako de 2017. La sospecha y la crítica de querer sustituir a la organización africana es tan frecuenta que Mitterrand se ve obligado a precisar en la cumbre de Kinshasa de 1982 que la cumbre franco-africana “no es ni una institución ni una organización. No pretende sustituir a nadie, mucho menos a la OUA. No tenemos ni el mandato para hacerlo ni la intención. […] Corresponde a los africanos decidir por sí mismos, en el nivel privilegiado de la OUA” (24).

 

De Françafrique (*) a Eurafrique 

 

El giro giscardiano en materia de cooperación se lleva a cabo en el contexto de la construcción de la Comunidad Europa y del aumento del poder del FMI y el Banco Mundial como instrumentos de Estados Unidos. El modelo guallista de un cara a cara entre cada país y Francia da paso al multilateralismo. París cuenta con ganar así para sus multinacionales el acceso a los países anglófonos y lusófonos a cambio de una función de gendarme para el conjunto de los países europeos y más ampliamente para el conjunto de las potencias occidentales. Por supuesto, este compromiso no está exento de conflictos de interés, pero constituye la base de la cooperación con África desde Giscard hasta nuestros días. “Sin duda el neocolonialismo acabó parcialmente con la política del «coto privado de caza» del colonialismo tradicional. […] Esta apertura no cuestiona la preponderancia cuanto menos relativa de Francia en materia de inversiones y de comercio exterior; tiene como contrapartida la « reorganización» francesa en unos países que no pertenecían a su zona de influencia” (25), resume el historiador y geógrafo Jean Suret-Canale.

El proyecto que se mantiene desde De Gaulle a Giscard de construir grandes grupos industriales y financieros se inscribe en la lógica de la construcción europea. Desde su concepción, antes incluso de cualquier concretización, este proyecto estaba vinculado a las colonias. Ya en 1954 Aimé Césaire denunciaba “Eurafrique”:

El colonialismo no está muerto. Para sobrevivir destaca en renovar sus formas; tras los tiempos brutales de la política de dominación se han visto los tiempos más hipócritas, aunque no menos nefastos, de la llamada política de asociación o de unión . Ahora asistimos a la llamada política de integración, cuyo objetivo es construir Eurafrique . Pero se ponga la máscara que se ponga, el colonialismo sigue siendo nocivo. Por mencionar solo su último descubrimiento, Eurafrique,  está claro que sería la sustitución de un viejo colonialismo nacional por un nuevo colonialismo aún más virulento, un colonialismo internacional cuyo gendarme vigilante ser ía el soldado alemán” (26) .

El análisis de Césaire tiene un carácter visionario impresionante ya que está fechado antes del Tratado de Roma de 1957. Su único error es que el soldado no es alemán sino francés, aunque ahora también defienda los intereses de las multinacionales alemanas. El Tratado de Roma que creaba la Comunidad Económica Europea (CEE) comporta explícitamente una dimensión africana. Su Artículo 131 precisa: “Los Estados miembros acuerdan asociar a la Comunidad los países y territorios no europeos que mantienen relaciones particulares con Bélgica, Francia, Italia y los Países Bajos”. Su Artículo 132 revela su verdadero objetivo: “Los Estados miembros aplican a sus intercambios comerciales con los países y territorios el régimen que acuerden entre ellos en virtud del presente tratado” (27). Como afirmaba Césaire, efectivamente se trata de un proyecto de neocolonización europeo.

Las independencias neocoloniales confirmarán esta “asociación” entre la CEE y 18 antiguas colonias africana en la forma de los “Acuerdos de Yaundé” de julio de 1963 renovados en 1969. El contexto y la relación de fuerzas del periodo explican el contenido de estos acuerdos, que en muchos aspectos tienen en cuenta los intereses de los países africanos. El contexto es el de un aumento de las luchas contra el neocolonialismo que se traduce en el Grupo de Casablanca, las conferencias panafricanas y afroasiáticas, en el Grupo de los No Alineados, la Conferencia Tricontinental en 1966, etc. La intervención militar y la injerencia sirven cada vez menos para limitar este aumento. El vincular estructuralmente a los países que permanecen en el seno de las antiguas potencias coloniales se convierte en una necesidad. El segundo elemento es el proyecto europeo en plena Guerra Fría con la ambición de constituir un tercer polo frente a Estados Unidos y la Unión Soviética que funcione por su propia cuenta.

Para ello hay que “garantizar que Europa se aprovisione de ciertas materias primas al tiempo que se aseguran las salidas de las antiguas colonias […] y perpetuar el papel fundamental que ejercen algunas empresas europeas en el comercio con estos países” (28), resume el economista congoleño Gildas Walter Gnanga. Por otra parte, Europa no es la única que trata de utilizar la ayuda y la cooperación en el marco de la Guerra Fría. En esa misma época la Unión Soviética ofrece a sus aliados unos préstamos a largo plazo y a bajo interés. Estados Unidos, por su parte, crea, bajo la cobertura del Banco Mundial, la International Development Association (IDA, Asociación Internacional para el Desarrollo), cuyo objetivo es también proponer préstamos de bajo interés a un plazo de entre 25 y 40 años. La cooperación se convierte en un “instrumento de propaganda en el marco de la Guerra Fría”, resume el historiador Guia Migani (29).

Debido a este contexto las Convenciones de Yaundé I (1963- 1969) y II (1969- 1974) tienen en cuenta los intereses de los países africanos: se suprimen los derechos y tasas de aduana impuestos a los productos africanos en los mercados europeos, aunque se mantienen para los demás países; en sentido inverso, los Estados africanos se comprometen a abrir su mercado con la exención de los derechos de aduana, pero solo “progresivamente” y teniendo en cuenta “los imperativos de sus economías”; se crea un fondo europeo de 730 millones de dólares (el Fondo Europeo de Desarrollo, FED) dedicado a las infraestructuras de transportes, sociales y culturales o a la diversificación de cultivos para contrarrestar la monoproducción; se completa con un fondo de 170 millones de dólares para préstamos en “condiciones especiales” o con “bonificación de intereses”; precios garantizados para algunos productos, etc.

A pesar de su carácter positivo para los Estados africanos, las Convenciones de Yaundé no significan la ruptura con la dependencia y menos aún el establecimiento de relaciones igualitarias. En efecto, Bruselas orienta su ayuda hacia los sectores agrícola y minero que se corresponden con sus necesidades, lo que tiene el efecto de lo que el periodista Tibor Mende denomina desde finales de la década una “recolonización” (30). A finales de la década de 1960 las economías de los países africanos signatarios son aún más dependientes, más extrovertidas y más monoproductivas. Incluso el muy eurófilo y poco contestatario ministro de Economía de Costa de Marfil se ve obligado a constatarlo en 1969 en estos términos:

La ayuda global de la que se han beneficiado los dieciocho es inferior a la pérdida sufrida por estos países debido a l descenso de los precios mundiales . Por otra parte, la mayor parte de la ayuda recibida se destina al desarrollo agrícola y más concretamente a la agricultura de exportación. Así, mientras dure el deterioro en términos de intercambio (31) las economías africanas seguirán perpetuándose sobre unas bases contradictorias. Por un lado las economías se benefician de una ayuda y por otra s e las penaliza por haber sacado fruto de esta ayuda” (32).

La adhesión de Reino Unido a la Comunidad Europea incluye en el orden del día la extensión de la asociación europea a las antiguas colonias inglesas. Se inicia un nuevo ciclo de negociaciones sobre el fondo de un balance negativo en el caso de los países africanos. La Convención de Lomé I firmada en 1975 con 46 países de África, el Caribe y el Pacífico (ACP) contiene, como las convenciones anteriores, muchos avances sobre el papel que se desmentirán rápidamente al ponerlos en práctica. La lógica sigue siendo la misma que la de los Acuerdos de Yaundé en un proceso en tres tiempos que ya está perfeccionado : reconocimiento verbal de las reivindicaciones de los países africanos, traducción en medidas prometedoras en los acuerdos, desvitalización de estas medidas por medio del control de la orientación de las ayudas por una parte y por otra la venta al mercado africano del exceso agrícola europeo a precios subvencionados. El establecimiento de un fondo de estabilización de los ingresos de exportación (STABEX) cuyo objetivo es compensar las pérdidas del precio de los productos agrícolas es el gran avance sobre el papel de Lomé I concerniente a 48 productos básicos. Un fondo similar para los productos mineros se instituye por medio de los acuerdos denominados “Lomé II” (firmados con 57 Estados, la convención cubre el periodo 1979-1984) y SYSMIN (Sistema de Desarrollo del Potencial Minero) para ocho productos mineros.

La Convención de Lomé III concierne a diez Estados europeos y 65 Estados ACP, incluidos todos los Estados del África subsahariana con excepción de Sudáfrica y Namibia, todavía ocupada por Sudáfrica. La lógica es idéntica a la de Lomé II pero con una modificación fundamental: con el pretexto de concentrarse en la “seguridad alimentaria”, esta Convención inicia el llamado sistema de “concentración” que obliga a cada Estado a elegir un sector prioritario sobre el que se concentra la ayuda. La consecuencia de ello es que se refuerza aún más la agricultura de exportación y se abandonan las perspectivas de desarrollo industrial. La Convención de Lomé IV (que afecta a 70 países ACP para el periodo 1989- 1999) se centra en la “promoción de los derechos humanos, la democracia y la buena gobernanza”, con lo que se inician los condicionamientos políticos para acceder a la ayuda. Impone además el concepto de “ajuste estructural” defendido por el FMI y el Banco Mundial estipulando explícitamente que los países que se sometan a él tendrán “automáticamente derecho a estos nuevos fondos de apoyo” (33).

Es indudable que el principio de una compensación de la bajada de los precios agrícolas en el mercado mundial (STABEX) (y en menor medida de los precios de las materias mineras, SYSMIN) es lo que explica el aumento de la cantidad de países ACP signatarios. En efecto, las multinacionales disponen de muchos medios para hacer que bajen los precios de los productos agrícolas y minerales. Por consiguiente, este principio parece ser el reconocimiento y la consideración de la desigualdad estructural del mercado mundial y, en particular, del continuo deterioro de los términos de intercambio. Sin embargo, este principio justo se ha puesto al servicio de un aumento de la dependencia a través de muchos medios:

  • Fomento del monocultivo de exportación: la garantía STABEX solo es posible para los productos agrícolas que constituyan al menos el 6 % de los ingresos de exportaciones. Aunque las economías africanas necesitan una diversificación para ser menos dependientes del mercado mundial, se fomenta la concentración sobre uno o varios sectores. Lógicamente, quienes más se han beneficiado de la ayuda son los países más ricos y más exportadores: Costa de Marfil, Senegal y Níger.
  • Trabas a la industrialización de transformación: el sistema no funciona para los productos transformados a pesar de que los países africanos necesitan estas industrias de transformación porque crean empleo, pero también porque las fluctuaciones de los precios de los productos transformados son considerablemente menores que las de los productos brutos;
  • La mentira sobre la “seguridad alimentaria”: por definición, se elimina de STABEX la agricultura de subsistencia ya que está pensado únicamente para las variaciones de precio de los productos exportados. Objetivamente se trata de una incitación a privilegiar la agricultura de exportación en detrimento de una agricultura centrada en la autosuficiencia alimentaria;
  • Unos medios contradictorios con el objetivo de compensación: los importes asignados tanto a STABEX como a SYSMIN no son proporcionale s a las pérdidas sufridas por la bajada de los precios en el mercado mundial. Así, por ejemplo, el importe de STABEX es de 180 millones de ecus en 1981 mientras que el descenso de los precios en el mercado mundial se traduce en una pérdida de 450 millones. Solo se pudo satisfacer un 52 % de las demandas de ese año y el año 198 2 es aún peor ya que solo se satisficieron el 40 % de las demandas.

El conjunto de estos factores y mecanismos llevan al jurista luxemburgués Marc Elvinger a hacer el siguiente balance:

Aunque STABEX es en cierto modo el elemento más emblemático de la política de cooperación de la CEE en el sentido de que p uede p arece r dar un paso hacia el establecimiento de un nuevo orden económico internacional , es susceptible de ser objeto de graves críticas que pueden ir hasta acusarle de no ser, por el contrario, sino un instrumento al servicio de la perpetuación del pacto colonial. […] En estas condiciones se plantea, por supuesto, la cuestión de saber si STABEX no constituye una trampa al prometer la posibilidad de no tener que modificar radicalmente la división del trabajo Norte-Sur ajustando un poco las modalidades mientras que a fin de cuentas resulta incluso incapaz de hacerlo en tiempos de fuerte crisis . […] Aunque SYSMIN y STABEX difieren de forma importante en su modo de funcionamiento, lo esencial de las críticas dirigidas a STABEX se podría retomar a propósito de SYSMIN añadiendo que el principal motor del establecimiento de SYSMIN parece haber sido l a preocupación por preservar la herramienta de producción minera [de los países] ACP a beneficio garantizar el aprovisionamiento minero de la Comunidad” (34).  

El “beso de la muerte” de Europa a África

Las negociaciones que se abren tras la Convención de Lomé IV se llevan a cabo en un mundo considerablemente modificado. La Guerra Fría terminó definitivamente con la desaparición de la Unión Soviética en 1991 y con ella la necesidad de “preservar” a los aliados africanos. Tanto desde el interior de la Unión Europea como desde el exterior se multiplican las críticas acerca de la “violación” de la competencia que constituyen los Acuerdos de Lomé. En el interior de la Unión Europea las críticas provienen sobre todo de Alemania, que desde su reunificación ha ganado peso en el seno de la Unión Europea. Del exterior son varios países de América Latina y las multinacionales estadounidenses instaladas en ellos quienes denuncian desde 1993 una “competencia desleal” y una “discriminación” en la llamada “crisis de la banana”. Lo que está en juego en términos de beneficio es inmenso puesto que desde 1995 la Unión Europea se ha convertido en el primer importador de bananas del mundo. “Este reglamento [Reglamento de la UE adoptado en 1993 (35)] cuestionado incluso dentro de la Comunidad por Alemania (gran importador de bananas latinoamericanas) fue atacado sobre todo en el seno del GATT por países de América Latina”, resumen la jurista Catherine Hagueneau-Moizard y el economista Thierry Montalieu (36).

Puesto que el conjunto de los países europeos era signatario del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (General Agreement on Tariffs and Trade, GATT (37)), se mencionará este acuerdo pa

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