¿Por qué existen dos definiciones de antisemitismo?

¿Qué es el antisemitismo? Antes solo había una definición, hoy existen dos. A esta nueva definición se han adherido Emmanuel Macron, François Hollande, Manuel Valls y también el Parlamento Europeo. Se conminó a Jeremy Corbyn a someterse si quería tener alguna oportunidad de convertirse en primer ministro. En torno a esta definición se multiplican los procesos judiciales en varios países, ¿por qué?  

 

1. ¿Quién está detrás de la IHRA?

2. Una definición que no es muy buena… para las personas judías.

3. ¡Unos ”ejemplos” que hablan de algo completamente diferente!

4. ¿Se considera historiador Emmanuel Macron?

5. ¡También hay dos definiciones de sionismo!

6. ¿Existe un antisemitismo antiguo y nuevo?

7. Sin valor legal y en contradicción con los derechos humanos.

8. ¿Por que capituló el Parlamento Europeo?

9. ¿El lobby a favor de Israel se cree lo que cuenta?

10. Cada vez más personas judías se alejan del sionismo.

11. La guerra de Israel contra la opinión pública.

12. ¿La acusación de “antisemitismo” es la última arma que les queda?

 

Definir el antisemitismo es bueno en sí mismo. La lucha contra el racismo exige una base legal clara: ¿qué es punible como incitación al odio y qué atañe a la controversia política y, por lo tanto, a la libertad de expresión? Por supuesto, habría que hacer lo mismo con la islamofobia y los demás racismos.

El 1 de junio de 2017 una resolución del Parlamento Europeo invitó a los Estados miembros e instituciones de la Unión Europea (UE) a adoptar y aplicar la definición de antisemitismo que recomienda la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA, por sus siglas en inglés). Según esta definición, “el antisemitismo es una percepción determinada de las personas judías que se puede expresar por medio del odio hacia ellas. Las manifestaciones verbales y físicas del antisemitismo se dirigen contra las personas judías o no judías y/o contra sus bienes, las instituciones de la comunidad judía o sus lugares de culto”.

En esta pequeña investigación vamos a examinar que es la IHRA, si tiene autoridad para zanjar este debate, si esta definición es suficientemente precisa en el plano jurídico y si hay intenciones ocultas tras esta controversia.

 

1. ¿Quién está detrás del IHRA?

 

En primer lugar hay que explicar qué es la IHRA. Se podría pensar que se trata de una ONG o de una respetable asociación de historiadores. En absoluto. Se trata de un órgano intergubernamental que reúne a Israel, Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Bélgica y otros veintiséis gobiernos del campo occidental. En resumen, una minoría de la comunidad internacional, una minoría que se caracteriza por su apoyo incondicional a Israel y por unas relaciones económicas y militares muy importantes con este muy controvertido Estado. Es, por lo tanto, un órgano sobre el que el gobierno de Netanyahu ejerce toda su influencia, como vamos a constatar…

 

2. Una definición que no es muy buena… para las personas judías. 

 

Examinemos minuciosamente esta definición: “El antisemitismo es una percepción determinada de las personas judías que se puede expresar por medio del odio hacia ellas”. Sinceramente, me parece que esta definición no vale nada. En primer lugar, “una percepción determinada” es un término demasiado vago para poder establecer un procedimiento judicial. Cuando se inculpa a una persona hay que hacerlo no en base a sus “percepciones” sino de sus actos. Se necesitan hechos precisos jurídicamente y bien definidos. “Una percepción determinada” es todo lo contrario.

A continuación, el término “expresar” tampoco es correcto. Una persona racista puede discriminar perfectamente sin expresar nada públicamente pero negándose a contratar a una persona judía o a alquilarle un piso (aunque, evidentemente, quienes más sufren este tipo de discriminaciones actualmente son las personas musulmanas). Por consiguiente, la definición es errónea en este punto.

Por último, “se puede expresar por medio del odio hacia las personas judías” es totalmente vago. ¿Por medio de qué otra cosa se podría expresar el odio a las personas judías? Al no decirlo claramente toda la definición es vaga e ineficaz. ¿O acaso al dejar así la puerta abierta a otra cosa, en absoluto definida, se tiene en mente una agenda oculta?

En cualquier caso, esta definición imprecisa y a veces totalmente errónea ofrece a las personas judías una protección insuficiente. Es lo que opina el célebre jurista inglés Hugh Tomlinson, especialista en derecho a la información. Consultado sobre la validez de la definición y de los ejemplos de la IHRA concluye: “El lenguaje utilizado no es habitual y puede prestar a confusión. La definición de antisemitismo de la IHRA no es es clara, es confusa” (1).

 

3. ¡Unos “ejemplos” que hablan de algo completamente diferente!

 

La IHRA añadió unos “ejemplos” de lo que, según ella, son comportamientos antisemitas para hacer comprensible el alcance de su definición. Vamos a examinarlos…

 

PRIMER EJEMPLO DE LA IHRA: “Negar el derecho de autodeterminación al pueblo judío, por ejemplo, declarando que la existencia del Estado de Israel es un proyecto racista”.

 

¡En este ejemplo ya no se habla de racismo hacia las personas judías sino del debate político sobre la naturaleza del Estado de Israel! ¡Como si todos las personas judías estuvieran de acuerdo con este Estado y con la política del gobierno de Netanyahu! Si se acepta este ejemplo, entonces estará prohibido considerar que es racista apropiarse de las tierras del pueblo palestino, expulsar a sus habitantes por medio de persecuciones o de violencia directa, confiscar las riquezas de este país y tratar como personas ciudadanas de segunda categoría a la minoría árabe que reside en el territorio israelí. ¿Sería “antisemita” una persona que dijera estas verdades?

Pero entonces hay muchos “antisemitas” entre las personas judías porque muchas de ellas dicen exactamente eso. Así, el matemático y filósofo judío Moshé Machover, nacido en Israel, aunque reside actualmente en Londres, publicó un texto notable con el título de Por qué Israel es un Estado racista, en el que escribe: “Que Israel es un Estado racista es un hecho bien establecido. El 9 de julio de 2018 aprobó una ley de la nacionalidad casi constitucional, «Ley fundamental: Israel como Estado-nación del pueblo judío», ampliamente condenada por institucionalizar la discriminación de la ciudadanía no judía de Israel. Como han señalado muchas personas, esta ley codifica y formaliza una realidad que preexistía desde hace mucho tiempo”.

En efecto, Israel se declara Estado judío al tiempo que pretende ser democrático. Machover demuestra que es imposible ser ambas cosas a la vez: “Dentro de sus fronteras anteriores a 1967 Israel es una semidemocracia iliberal*. Se define a sí mismo como «judío y democrático», pero las personas críticas señalan que es «democrático para las personas judías y judío para las demás». En los territorios ocupados desde 1967 Israel es una tiranía militar que aplica un sistema de leyes y reglamentos para las personas colonas judías y otro completamente diferente para las personas árabes de origen palestino. Los métodos de discriminación racista de Israel son demasiado numerosos para enumerarlos aquí. Adalah, el Centro Legal para los Derechos de las Minorías en Israel, enumera una lista de 65 leyes israelíes que discriminan directa o indirectamente a las y los habitantes palestinos de los territorios ocupados. Además de estas leyes hay innumerables prácticas y reglamentos burocráticos no oficiales que discriminan en la vida cotidiana. No se puede negar la conclusión: el Estado de Israel es estructuralmente racista, es un Estado de apartheid según la definición oficial de este término hecha por la ONU”. Estos argumentos son incontestables jurídicamente, pero si la definición de la IHRA se aplicara como una ley (cosa que afortunadamente no se hace) ¡el profesor Moshé Machover sería enviado a la cárcel por “antisemitismo”!  

El jurista inglés Hugh Tomlinson también es muy claro al ser consultado sobre la validez de los ejemplos de la IHRA: “A menos que esta declaración esté motivada por el odio a las personas judías, no sería antisemita declarar que el Estado de Israel es un proyecto racista, en la medida en que Israel se define a sí mismo como un Estado judío y, por lo tanto, por la raza, y porque tanto las personas israelíes no judías como las demás personas no judías que están bajo su autoridad sufren discriminaciones” (2).

En resumen, este primer ejemplo de la IHRA se vuelve contra Israel: dado que muchas personas judías rechazan al Estado de Israel por ser un proyecto racista, es evidente que no se trata de antisemitismo sino de una condena política y moral.

 

SEGUNDO EJEMPLO DE LA IHRA: “Comparar la política israelí con la de los nazis” .

 

Yo personalmente no he recurrido a este tipo de comparación, pero constato que diversas personalidades israelíes antisemitas lo hacen, por ejemplo el historiador Zeev Sternhell, autor de varios libros que son una autoridad sobre el fascismo y el nazismo (incluido el notable libro Ni droite, ni gauche. L’idéologie fasciste en France), y decano honorario del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Hebraica de Jerusalén. Publicó en el diario israelí Haaretz (19 de enero de 2018) un artículo titulado “Ascenso en Israel de un fascismo y un racismo similares a los inicios del nazismo”. El artículo criticaba duramente las declaraciones racistas de Bezalel Smotrich, vicepresidente del Parlamento israelí, y de Miki Zohar, presidente de una de las comisiones de ese Parlamento. Este último había osado declarar. “Las personas árabes tiene un problema que no tiene solución. No son judías y por lo tanto su suerte en este país no puede ser la misma que la de las judías”. 

Sternhell no es en absoluto el único. El historiador Daniel Blatman (cuyo libro Death Marches: The Final Phase of Nazi Genocide obtuvo en 2011 el premio internacional a las investigaciones sobre el Holocausto) también ha acusado al vicepresidente Smotrich “de adoptar unos valores similares a los de las SS alemanas” (3).

¿Son antisemitas estas eminentes personalidades israelíes? En realidad los ejemplos de la IHRA no tienen nada que ver con la realidad y su único objetivo es acallar las críticas a los dirigentes del Estado israelí. Pero Israel y sus gobiernos aliados no tienen legitimidad alguna para imponer así una verdad oficial.

 

4. ¿Se considera historiador Emmanuel Macron?

 

Algunas personas tratan de protejerse bajo la autoridad del presidente francés Emmanuel Macron que afirma que “el antisionismo” es “la forma reinventada del antisemitismo” (4). Afortunadamente las declaraciones de un presidente de la República no tienen automáticamente carácter de ley, que se imponga a los tribunales e historiadores, ya que se trata de una estupidez fácilmente demostrable. El antisionismo consiste en oponerse a la colonización por parte de las personas colonas judías de tierras que pertenecen a personas palestinas. Según la propia Carta de la ONU, ningún Estado tiene derecho a apropiarse de tierras que pertenezcan a otro Estado o pueblo. El antisemitismo, en cambio, consiste en difundir el odio a las personas judías por ser judías, tanto si viven en Israel como si viven en cualquier parte del mundo.

Confundir antisionismo con antisemitismo es mezclar manzanas y peras. En efecto, como señala el cronista Philippe Huysmans (5), pretender que el antisionismo es “antisemita” es absurdo porque el racismo se dirige contra un pueblo o una religión, sin embargo, “el sionismo no es ni un pueblo ni una religión, es una ideología política”. En efecto, ¿cómo se puede ser racista hacia una ideología?

Y aun más, ¿cómo se puede ser racista hacia una ideología que es manifiestamente racista? El sionismo es una ideología conquistadora y racista que llevó a la creación del “Estado judío” en detrimento de las personas palestinas. Por consiguiente, es de la misma naturaleza que la ideología del antiguo gobierno sudafricano de apartheid o que la ideología de los imperios coloniales británico, francés o belga. ¿Se consideraría racista a una persona que hoy en día criticara con razón la ideología racista de esos antiguos imperios?

El Informe Falk y Tilley, publicado en marzo de 2017 por la Comisión Económica y Social para Asia Occidental (CESAO) de la ONU, demostró claramente el carácter racista de este Estado. Richard Falk es un profesor judío que vive en Estados Unidos y Virginia Tilley es una investigadora que vive en Sudáfrica, experta en el apartheid de este país. Ambos consideraron que Israel presentaba todas las características de un Estado de apartheid. Washington y Tel Aviv presionaron para enterrar el informe en vez de debatir. Los hechos molestan.

Volviendo a la absurda declaración de Emmanuel Macron, estuvo más inspirado el día que declaró: “No creo en la policía de la historia” (6). Haría bien en aplicárselo a sí mismo.

 

5. ¡También hay dos definiciones de sionismo!

 

La IHRA y Macron hacen como si solo hubiera una sola definición de sionismo, la suya. Pero también en este caso existen dos y conviene preguntarse por qué…

Moshé Machover las confronta en otro artículo (7). Primera definición: “El fundamento de la ideología sionista es la creencia de que las personas judías de todos los países constituyen una entidad nacional única y no una simple definición religiosa, y que esta entidad nacional posee el derecho a la autodeterminación, que se ejerce reclamando su patria histórica (o «dada por Dios»): Eretz Israel (la Tierra de Israel), que comprende, como mínimo, la Palestina anterior a 1948”. Es decir, que en 1948 los sionistas simularon aceptar que una parte de Palestina seguiría siendo palestina, pero tenían intención de ocupar mucho más de lo que les había concedido la ONU.

La definición de las propias personas sionistas es muy diferente: “El sionismo es el movimiento de renacimiento nacional de las personas judías. Esto significa que las personas judías son un pueblo y por ello poseen el derecho a la autodeterminación en su propia patria. Esto exige proteger y apoyar una patria para las personas judías en su hogar nacional histórico, e iniciar y estimular el renacimiento de la vida nacional, la cultura y la lengua judías” (8).

El punto esencial es, por lo tanto, que las personas judías constituyen una nación en el sentido moderno y laico, del mismo modo que la nación francesa o la nación alemana. Pero, por supuesto, esto plantea varios problemas bien descritos por Machover. En primer lugar, muchas personas judías rechazan totalmente esta idea y ello desde los inicios del proyecto sionista.

Así, cuando Lord Balfour, ministro de Asuntos Exteriores [británico] emitió en 1916 la famosa Declaración que lleva su nombre y que recomendaba “el establecimiento en Palestina de un hogar nacional judío” estaba actuando bajo la presión que ejercía sobre todo Chaim Weizmann a Lord James de Rothschild. Pero Lucien Wolf, un célebre periodista y miembro de la dirección del Conjoint Foreign Committe [Comisión Mixta de Asuntos Exteriores] de las personas judías británicas, protestó inmediatamente a Rotschil: “La alegación del dr. Weizmann de una nacionalidad judía suscita una cuestión de principio. Los sionistas no se proponen simplemente formar y establecer una nacionalidad judía en Palestina, sino que afirman que todas las personas judías forman actualmente una nacionalidad separada y desposeída, para la que sería necesario encontrar un centro político orgánico, porque son y siempre deben ser extranjeros en los países en los que ahora habitan, y, más particularmente, porque es «un autoengaño absoluto» creer que cualquier persona judía puede ser a la vez «inglesa de nacionalidad y judía por la fe»”.   

Wolf se opone directa y enérgicamente a esta tesis: “He pasado la mayor parte de mi vida luchando contra estas doctrinas, cuando me fueron presentadas en forma de antisemitismo, y no puedo sino considerarlas extremadamente peligrosas ahora que se presentan disfrazadas de sionismo. Constituyen una capitulación ante nuestros enemigos, no tienen justificación alguna en la historia, en la etnología o en los hechos de la vida cotidiana, y si fueran admitidas por el conjunto de las personas judías el resultado sería que la terrible situación vivida por nuestros correligionarios en Rusia y en Rumanía [alusión a los pogromos y la violencia racista exacerbada en estos países en aquel momento] se convertiría en la suerte común de la judeidad en el mundo entero” (9).

Wolf no es la única persona que se preocupa. De hecho, las personas sionistas son muy minoritarias y si encontraron eco en Rotschild y Balfour es porque los imperialistas británicos de la época, conscientes de que el debilitado Imperio británico ya no tenía medios para ocupar tantas tierras y tenía que encontrar tropas de recambio, consideraron muy útil su proyecto de colonizar Palestina. Alexandre y Claude Montefiore, presidentes respectivamente del Consejo de Diputados Británicos Judíos y de la Asociación Anglo-Judía, escriben en The Times para protestar por el peligro político del sionismo: “El efecto que tendrá en todo el mundo el establecimiento de un hogar nacional judío en Palestina, basado en la teoría de la ausencia de la patria judía, será el de etiquetar a las personas judías de extranjeras en su país natal y minar las posiciones que con tanto esfuerzo han adquirido como ciudadanas y residentes en esos países”. Por consiguiente, ambos comités rechazan firmemente la propuesta sionista.

También en Francia un célebre político judío, Alfred Naquet, polemiza con el sionista Bernard Lazare. Para Naquet, la idea de que las personas judías forman una nación separada no difiere de los discursos de Edouard Drumont, fundador de la Liga Nacional Antisemítica de Francia: “Si a Bernard Lazare le gusta considerarse ciudadano de una nación independiente es su problema, pero yo declaro que a pesar del hecho de haber nacido judío […] no reconozco la nacionalidad judía. […] No pertenezco a ninguna otra nación que la francesa […]. ¿Son una nación las personas judías? A pesar del hecho de que en el pasado constituyeron una, mi respuesta es un no categórico. El concepto de nación implica determinadas condiciones que no existen en este caso. Una nación debe tener un territorio en el que desarrollarse y en nuestra época, al menos hasta que no se extienda por todas partes una confederación mundial, una nación debe tener una lengua común. Pero las personas judías ya no tienen ni un territorio ni una lengua comunes . […] Lo mismo que yo, probablemente Bernard Lazare no conoce una sola palabra de hebreo. […] Las personas judías alemanas o francesas son muy diferentes de las judías polacas y rusas. Los rasgos característicos de las personas judías no tienen nada que ver con la impronta de la nacionalidad. Si se permitiera a las personas judías reconocerlas como nación, tal como hace Drumont, sería una nación artificial” (10).  

En Rusia, donde hacía estragos un racismo muy violento contra las personas judías, se desarrolló el movimiento Bund, mucho más popular que el sionismo. Aunque en este país existía una lengua judía, el yiddish, porque la comunidad judía vivía en determinadas regiones precisas en las que a veces incluso eran mayoría, el Bund no reclamaba en absoluto la separación y la independencia, sino solo una autonomía cultural nacional y más protección.

En resumen, la pretensión de las personas sionistas de representar a todas las personas judías del mundo no se sostiene. Tanto ayer como hoy la mayoría de ellas no se reconocen en Israel y no desea en absoluto vivir ahí. Machover destaca: “La condición necesaria y suficiente para que una persona no judía se convierta en judía es la conversión religiosa (giyyur). Las personas judías pueden pertenecer a diferentes naciones: una persona judía puede ser francesa, estadounidense, italiana, escocés, etc. Pero la judeidad excluye otras afiliaciones religiosas: una persona judía no puede ser musulmana, hindú o católica romana. Por consiguiente, la pretensión sionista de que todas las personas judías del planeta constituyen una sola entidad nacional diferente en vez de una comunidad basada en la religión es un mito ideológico, inventado como una manera errónea de tratar la discriminación y persecución de las personas judías”.  

Y Machover revela que este mito “lo comparten las personas antisemitas más virulentas”. Y pone como ejemplo… a uno de los principales líderes nazis, ¡el SS-Oberguppenführer Reinhard Heydrich! En efecto, Heydrich escribía en el diario de las SS: “En el contexto de su concepción del mundo el nacionalsocialismo no tiene ninguna intención de atacar al pueblo judío. Al contrario, el reconocimiento de la judeidad como comunidad racial basada en la sangre y no como una comunidad religiosa lleva al gobierno alemán a garantizar la separación racial de esta comunidad sin ninguna limitación” (11).

Se interprete como se interprete esta declaración, hay que constatar dos hechos indiscutibles: 1. El sionismo solo era y es una de las corrientes políticas que existen en el seno de la comunidad judía. 2. Su argumento fundamental se basa en el mismo concepto que el de las personas antisemitas. Todo esto se debería debatir políticamente y no acallarlo bajo el velo de un monopolio de la expresión como predican la IHRA y el gobierno israelí.

Se habrá observado un término muy importante en el argumentario sionista: “autodeterminación”. La idea de que existe una nación judía implica este derecho a la autodeterminación. Actualmente la propaganda israelí esgrime este concepto que tiene una reputación positiva: los pueblos colonizados lucharon por su derecho a la autodeterminación. Pero este derecho no confiere en absoluto el permiso para invadir y ocupar la tierra de otro pueblo. El derecho a la autodeterminación no significa elegir como en un menú el territorio al que arrojar a tu pueblo. Pretender que tus ancestros vivían ahí hace dos mil años (lo que, además, es completamente falso) sigue sin otorgarte ese derecho. Pretender que había que refugiarse en Palestina a causa de Hitler es un argumento que está fuera de lugar porque ese proyecto nació en 1895 y la colonización empezó hacia 1916 (12).

Por consiguiente, no se trata de autodeterminación sino de colonialismo, que es exactamente lo contrario a la autodeterminación. Además, en un primer momento los dirigentes no se ocultaban en absoluto y utilizaban el vocabulario de la colonización por la violencia: “Echad a la población pobre al otro lado de la frontera negándole en trabajo. El proceso de expropiación y de desplazamiento de las personas pobres se debe llevar a cabo discretamente y con circunspección” (Herzl, fundador del sionismo en 1895). “¿Se ha visto a un solo pueblo que abandone su territorio por su propia voluntad? De la misma manera las personas árabes de Palestina no abandonarán su soberanía sin el uso de la violencia” (Jabotinski, 1923). “Debemos expulsar a las personas árabes y ocupar su lugar”. (Ben Gurion, que se convertiría la primera persona en desempeñar el cargo de primer ministro de Israel, 1937). “Políticamente nosotros somos los agresores y ellos se defienden. Este país es suyo, porque viven en él y nosotros venimos a instalarnos ahí” (Ben Gurion, 1938). “Debemos utilizar el terror, los asesinatos, la intimidación, la confiscación de tierras y la supresión de todos los programas sociales para liberar a Galilea de su población árabe” (Ben Gurion, 1948). Y se podría seguir mucho más…

Esto ya no se podría decir hoy en día, así que hay que buscar otro marketing político y las personas sionistas actuales han ocultado este lenguaje agresivo, aunque no reniegan de él y siguen con la colonización violenta con otro vocabulario.

No obstante, los dirigentes sionistas tienen un grave problema: aunque se aceptara la idea de una nación judía que comprendiera a todas las personas judías, la autodeterminación no siempre sería un argumento para esta nación. El historiador israelí sionista Ygal Elam lo reconoce: “El sionismo no puede apelar al principio de autodeterminación y basarse en él en lo que concierne a Palestina. Este principio solo era válido contra ella y a favor de un movimiento árabe nacionalista local […]. Desde el punto de vista de la teoría nacional, el sionismo necesitaba una ficción […]” (13).

Entonces, ¿cuál será esta ficción? Pues bien, como ya no tiene ningún argumento presentable, las personas sionistas se ocultan tras su única hoja de parra: el antisemitismo. Como el antiguo no les basta, se inventan uno “nuevo”.

 

6. ¿Existe un antisemitismo antiguo y nuevo?

 

Como explica el profesor François Dubuisson (Universidad Libre de Bruselas): “Son incontables los libros y artículos publicados en los últimos años que ofrecen la tesis de que ha surgido un «nuevo antisemitismo» (o «nueva judeofobia») […]: la defensa de la causa palestina o el antirracismo se ha convertido en el medio a través de cual se expresa, de manera oculta, un «inconsciente antisemita» reprimido durante mucho tiempo” (14).

Evidentemente, estaría bien que quienes defienden esta tesis indicaran cuando nació exactamente este “nuevo” antisemitismo, ya que, como hemos visto en el punto 5, la critica del proyecto de Israel ha sido constante y radical desde el principio.

¿Y por qué “nuevo”? “Este antisemitismo sería «nuevo» en el sentido de que se debería evaluar con el rasero de críticas que se desprenden de los elementos tradicionales del antisemitismo, definido clásicamente como aquel que tiene por objetivo el odio a las personas judías. Aunque esta tesis ha sido criticada por una serie de actores, poco sospechosos de complacencia con el antisemitismo, no ha dejado de tener una gran influencia en ciertos trabajos oficiales realizados recientemente, cuyo objetivo era (o llegaban a la conclusión de) criminalizar determinadas formas críticas de la política de Israel, asimiladas al antisemitismo”.

En este sentido Dubuisson critica un informe francés elaborado en 2004 por Jean-Christophe Rufin: “Al referirse a una noción muy vaga de «antisionismo radical», concebida en realidad de manera muy amplia, el informe llega a recomendar una amplia criminalización de la crítica de la po l ítica de Israel, ya sea equiparándola al antisemitismo (que en tanto que forma de discriminación racial constituye un delito penal) o introduciendo una nueva infracción difusa mente de finida ”.

El profesor Dubuisson se basa en la distinción bien establecida en 2004 por una agencia de la UE, el Observatorio Europeo del Racismo y la Xenofobia (EUMC): “Lo que no hay que considerar antisemita y, por lo tanto, no es necesario observar como tal, es la hostilidad respecto a Israel como país al que se critica en lo concerniente a su política concreta. Para quienes, como nosotros, desean atribuir la etiqueta de antisemitismo sin equivocarse, poco importa que la critica concerniente a Israel por lo que es o por lo que hace sea injusta, equilibrada o tendenciosa. […] Solo se vuelve antisemita si el punto de referencia subyacente es la asimilación de Israel a la persona «judía» (del estereotipo)”.

Por consiguiente, el jurista Dubuisson denuncia claramente “una concepción peligrosa del antisemitismo, que atenta contra la libertad de expresión”. Y exige precisión jurídica: “La definición de una noción tan importante y delicada como la de antisemitismo se debería establecer con la mayor precaución científica de modo que  concluya en una acepción susceptible de ser aceptada generalmente. El antisemitismo constituye una infracción penal en la mayoría de los Estados de la Unión Europea y representa por ello un a excepción de la libertad de expresión. Por ello se comprende que se deba definir este concepto de manera estricta de modo que cubra únicamente aquellos actos u opiniones que suponen discriminación u odio raciales. No se trata, en cambio, de incluir en él actos u opiniones que simplemente se pueden juzgar, desde un punto de vista u otro, como política o moralmente condenables, como inapropiados, como exagerados […]”.   

Hugh Tomlinson lo destaca al escribir: “No se justificaría legalmente prohibir una actividad únicamente basándose en que quienes apoyan al Estado de Israel la encuentran irritante o agresiva” (15). No se puede enviar a nadie a la cárcel porque sus opiniones molesten a Israel o a otro gobierno occidental.

 

7. Sin valor legal y en contradicción con los derechos humanos 

 

¿Tiene valor legal esta definición? No. Sus propios promotores califican la definición de antisemitismo de la IHRA (que hemos analizado en los puntos 2 y 3) de non-legally binding working definition [definición de trabajo sin valor legal]. Este curioso término de “working definition” indica que se trata solo de un documento de trabajo que ofrece reflexiones o sugerencias. Nada más. Además, el término “non-legally binding” es muy claro: esta definición no tiene valor de ley. No puede servir de base a decisiones judiciales o de otras instituciones.  

El gobierno británico ha afirmado que “adopta” esta definición, lo cual es lamentable dado su carácter vago y las manipulaciones del lobby a favor de Israel. Pero este término “adoptar” expresa que se trata de una toma de postura política y no de una ley. Además, este gobierno también ha indicado que no habrá ninguna modificación de las leyes existentes ya que son suficientes para reprimir los actos racistas. “En resumen, la decisión del gobierno de «adoptar» la definición de la IHRA no tiene en sí misma ninguna consecuencia legal inmediata o directa”, analiza Hugh Tomlinson (16).

Por consiguiente, ninguna institución pública, ya sea un tribunal, una universidad o una administración local, “puede interferir con la libertad de expresión, a menos que esté justificado por el Artículo 10§2 (concerniente a los límites posibles a la libertad de expresión) de la Convención de los Derechos Humanos o el Artículo 11§2 (concerniente a los límites posibles a la libertad de reunión)”.

Hugh Tomlinson también declaró que si se presionaba a una universidad, por ejemplo, para que prohibiera una actividad de solidaridad con Palestina (como el movimiento de boicot BDS), esa universidad no podría prohibir esta actividad basándose en esta definición o exigir a las personas organizadoras aprobar esta definición.

La “nueva” definición de antisemitismo es, efectivamente, muy peligrosa porque niega la libertad de expresión y la igualdad de la ciudadanía reconocidas y protegidas por las Constituciones de Francia, Bélgica y otros países europeos. También contradice la Convención Europea de Derechos Humanos, cuyo Artículo 10 garantiza “la libertad de opinión y la libertad de recibir o comunicar informaciones o ideas sin que pueda haber injerencia de autoridades públicas y sin consideración de fronteras”.

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