El racismo estructural en Brasil

En Brasil se dice que hay un racismo estructural. El país es el modelo de país esclavista en el mundo. Durante por lo menos tres siglos, los trabajadores brasileños fueron millones de negros traídos de África para ser esclavos. Se degradaba así, a la vez, tanto al negro, cuanto al trabajo, considerado actividad menor, desarrollada por negros en calidad de esclavos.


 

En Senegal hay una isla donde se concentraba a los negros, clasificados entre hombres, mujeres, niños, enfermos, como si fuera una carnicería, antes de que pasaran por una puerta –la puerta del adiós–, cuando tenían su última visión de su país. Luego, ingresaban en los portones de los navíos negreros, para un viaje de mucho tiempo hacia Brasil, en el cual gran parte morirían.

Trabajaban en promedio nueve años, era más fácil y barato traer más esclavos que cuidar de los enfermos. Eran traídos por mercaderes europeos para trabajar como raza inferior, como esclavos, para producir riquezas para los europeos.

Brasil fue el último país de América en terminar con la esclavitud. En otros países del continente, cuando se proclamaba la independencia, se introducía la república, donde legalmente todos son iguales frente a la ley y por tanto, se terminaba con la esclavitud.

Brasil pasó de colonia a monarquía y no a república. El monarca portugués puso la corona en la cabeza de su hijo, diciendo: “Mi hijo, pon la corona en tu cabeza, antes que algún aventurero lo haga.” Aventurero era Tiradentes, que había intentado la independencia de Brasil algunos años antes. Aventureros eran San Martín, Bolívar y otros de los próceres de la independencia en otros países latinoamericanos.

A mitad del siglo XIX se expidió una Ley de Tierras, que legalizó todas las tierras del país. Así, cuando a fines del siglo XIX, terminó oficialmente la esclavitud en Brasil, los esclavos se volvieron hombres libres, pero sin tierras. Libres, pero pobres.

La cuestión colonial se engarza así, en Brasil, con la cuestión racial y con la cuestión social. Ello le da una particularidad a la historia brasileña entre los países del continente. Ello produce el racismo como fenómeno estructural en Brasil. Por lo menos por tres siglos los negros fueron oficialmente una raza inferior, sin libertad, que trabajaban para los otros, para los blancos.

El fin oficial de la esclavitud no ha terminado con el racismo. Al contrario, se fue la esclavitud, pero dejó el racismo, la discriminación, la segregación, la exclusión social. Los negros son la mayoría de la población brasileña –alrededor del 54%–, son, en su gran mayoría, pobres.

Recientemente un juez consideró que las ofensas raciales no deben caracterizar el racismo. Esto es, las expresiones cotidianas que descalifican a los negros, de las cuales la internet presenta ejemplos abiertos de mujeres u hombres blancos ofendiendo a los negros, no deben ser calificadas de racismo, un crimen considerado inafianzable por la constitución brasileña.

Cuando no solamente se da en el trato a los negros, sino también en la forma como son llamados, como son ofendidos, descalificados, es que se expresa en Brasil el racismo estructural, cotidiano. Hay un sinnúmero de palabras, de expresiones, de formas de dirigirse despectivamente a ellos, que reitera y refuerza el racismo profundamente arraigado en la sociedad brasileña.

Es algo constitutivo de Brasil como país, viene de su historia, de su configuración social, echa raíces en su práctica cotidiana. La lucha en contra de la desigualdad en Brasil es, antes de todo, la lucha en contra del racismo.

 

Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadal de Río de Janeiro (UERJ).

 

Fotografía de portada: Tomaz Silva  / Agencia Brasil

Fuente: Alainet

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